lunes, 26 de julio de 2010

LA RUPTURA DE RELACIONES DIPLOMATICAS VENEZUELA - COLOMBIA.

¿Era necesario?
Álvaro Uribe, desde la Federación de Cafeteros, y Hugo Chávez, en Caracas, fueron jugadores tras bambalinas en el debate del jueves en la OEA. Chávez interrumpió la intervención de su embajador con el anuncio de que rompía las relaciones diplomáticas con Colombia, en una ceremonia pública  con  la presencia de Diego Maradona. Los lazos entre los dos presidentes durante ocho años han sido como una montaña rusa.
Álvaro Uribe, desde la Federación de Cafeteros, y Hugo Chávez, en Caracas, fueron jugadores tras bambalinas en el debate del jueves en la OEA. Chávez interrumpió la intervención de su embajador con el anuncio de que rompía las relaciones diplomáticas con Colombia, en una ceremonia pública con la presencia de Diego Maradona. Los lazos entre los dos presidentes durante ocho años han sido como una montaña rusa.

Las relaciones entre Colombia y Venezuela durante los ochos años de convivencia tormentosa entre Álvaro Uribe y Hugo Chávez han sido lo más parecido a una montaña rusa. Han pasado por momentos de sublime retórica de unidad y hermandad y han descendido a puntos de conflicto cercanos a la confrontación bélica. Aún así, no dejó de sorprender que en el minuto final, cuando Uribe prepara maletas para dejar la Casa de Nariño, se haya producido el golpe de gracia en estas tormentosas relaciones. En solo una semana, pasaron de un momento de esperanza a la ruptura formal.
Este capítulo fue el más dramático de todos. No tanto por su significado sino por su forma. En cuestiones de fondo, fueron más graves las crisis que explotaron por la captura de Rodrigo Granda en Caracas, por el bombardeo al campamento de Raúl Reyes en Ecuador, por el abrupto retiro de Chávez como mediador para la liberación de secuestrados o por la reacción de Venezuela a la firma del acuerdo de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos. Cada uno de esos episodios tuvo su dosis de chabacanería y tropicalismo chavista, pero ninguno supera el show boxístico del jueves pasado en la OEA. Las intervenciones de los embajadores Luis Alfonso Hoyos y Roy Chaderton chocaron en todos sus puntos pero coincidieron en su falta de nivel ante una audiencia escéptica, incómoda y sorprendida.

Hasta ahora el presidente Uribe se había cuidado en mantener un lenguaje moderado que sin duda contrastó con los excesos verbales de Chávez. En la reunión del Consejo Permanente de la OEA, la cosa fue al revés. Fue Colombia la que se desbordó en agresividad y Venezuela la que respondió con mesura. En cuestiones de forma, Hoyos fue ramplón y algo demagógico, mientras que Chaderton trató de recurrir a la ironía y la desenvoltura. Frente a los estereotipos que existen sobre los dos países, en esta ocasión se intercambiaron los papeles.

En cuanto al fondo del problema, la presentación que hizo Hoyos contenía denuncias graves y ciertas. Desde hace tiempo el gobierno del presidente Uribe ha mostrado evidencias sobre la existencia de campamentos guerrilleros en territorio venezolano en los que se resguardan de manera permanente jefes guerrilleros como Iván Márquez, 'Timochenko', Grannobles, Granda y 'Pablito'. También se sabía que desde esos santuarios tanto las Farc como el ELN llevaban a cabo operativos entrando y saliendo libremente. Germán Vargas Lleras, como senador y como candidato presidencial, había hecho estas acusaciones que también han sido difundidas desde hace años por medios venezolanos como El Universal.

Si la exposición del representante de Colombia estuvo llena de verdades, la del delegado de Venezuela se caracterizó por su irrelevancia. Quedó la sensación de que el texto que leyó Roy Chaderton tenía que estar escrito con anterioridad y que, por consiguiente, no respondió a las denuncias de Hoyos. El exceso de afirmaciones burlonas -alusiones a Miguel Bosé, a Larissa Riquelme "la novia del Mundial de Sudáfrica" y hasta al famoso pulpo Paul- le dieron un tono banal que irritó a los colombianos.

Lo curioso es que a pesar de que los argumentos contenidos en el alegato colombiano son todos verdaderos, no se puede decir que el embajador Hoyos haya logrado un triunfo frente a su auditorio. Aunque las pruebas que presentó eran válidas, el entorno político y la forma como fueron expuestas se prestaba para que suscitaran interrogantes. Algunos de los videos y fotos exhibidos, por ejemplo, no son pruebas irrefutables de la presencia de Márquez y los otros guerrilleros en Venezuela porque podrían haber sido grabados en cualquier parte con condiciones climáticas y geográficas semejantes. El exceso de imágenes que no podían ser consideradas prueba reina debilitó la exposición del embajador, que hubiera podido ser más efectiva si se limitaba a las que sí demostraban algo. Solamente las coordenadas del lugar donde está construida la residencia de Márquez son evidencia concreta, objetiva y no discutible, pero Chaderton las minimizó con la afirmación -tampoco demostrada- de que en el pasado el gobierno Uribe ha mencionado coordenadas que a la postre no resultaron verídicas.

En política la verdad no siempre corresponde a lo creíble. Y en el caso del encontrón que tuvieron Colombia y Venezuela, hubo varios ingredientes que hicieron que este fuera uno de esos casos. El mayor de ellos fue la deficiente presentación del embajador Luis Alfonso Hoyos. Su facilidad de expresión es tan grande que el televidente que la veía unos pocos minutos quedaba altamente impresionado pensando que estaba presenciando un knock out. Pero vista en su totalidad dentro del entorno diplomático que tuvo lugar, esa misma facilidad de expresión lo llevó a excesos que terminaron por ser contraproducentes. Si bien tuvo un núcleo acertado -el de las pruebas-, también incluyó apartes que no tenían importancia para la audiencia internacional ni relevancia para el punto que se estaba tratando -como el balance social del gobierno Uribe-, y terminó con un desbordamiento de retórica demagógica más apropiada para una manifestación en plaza pública que para un recinto de embajadores. Más grave aún fue el tono agresivo contra Chávez y el gobierno venezolano y la utilización de términos parroquiales como "angelitos" y "chupasangres" para referirse a los guerrilleros, que seguramente puso en aprietos a las traductoras habituadas a trabajar con textos técnicos y diplomáticos. Esto obliga a plantear la hipótesis de que si la denuncia se hubiera hecho con un discurso mesurado y sin agresiones no necesariamente habría conducido a la ruptura de las relaciones por parte de Chávez.

En esas circunstancias, creer que sería aceptada la propuesta de crear una comisión de la OEA para verificar la existencia de campamentos en las coordenadas reveladas por Colombia, era una ingenuidad. Para empezar, Chávez jamás aceptaría un papel protagónico de la OEA, entidad que desprecia porque la considera manipulada por Estados Unidos. Lo que se usa en los organismos multilaterales es que cuando se presenta una propuesta de esta naturaleza se ha hecho un trabajo previo de aclimatación y concertación. Soltar en medio de un discurso una iniciativa de semejante connotación política es condenarla al fracaso. La naturaleza de la OEA finalmente, por su tradición y también por las normas que la regulan, es la de buscar consensos, lo cual es imposible en un tema que divide de forma tan profunda al continente. Por más convincente que pueda ser la posición colombiana, Venezuela tiene voz y aliados incondicionales en el Alba y en el Caribe, y un grupo significativo liderado por Brasil prefiere mantenerse al margen del conflicto colombo-venezolano. La OEA no era el terreno más favorable para Colombia, país que no contaba con más de cinco votos seguros: Estados Unidos, Canadá, Chile, Perú y México.

Tampoco fue afortunado el momento que escogió el presidente Uribe para hacer pública una información que conocía desde hace varios meses. Las razones por las cuales las evidencias se mantuvieron en reserva -la sensibilidad del contenido, la necesidad de guardar prudencia para evitar provocaciones, la conveniencia de buscar mecanismos no conflictivos para presentarla- seguían siendo válidas.

Pero además resultaba inconveniente sacar a la luz pública el escandaloso dossier en momentos de transición entre dos gobiernos. Los gestos que ha hecho el presidente electo Juan Manuel Santos sobre su intención de buscar un mejoramiento de las relaciones con Caracas, y la buena receptividad que han tenido allí, vuelven desconcertante la convocatoria en estos momentos por parte de Uribe de una reunión extraordinaria del Consejo Permanente de la OEA para exponer su denuncia. Sobre todo si se tiene en cuenta que faltan solo 15 días para el cambio de gobierno.

The Economist, una revista conservadora que ha elogiado la gestión de Uribe y criticado la de Chávez, dice en su último número que lo que busca el Presidente saliente es "obstaculizar el intento de su sucesor de buscar una reconciliación con el gobierno venezolano". La publicación resalta el nombramiento de María Ángela Holguín como señal de las intenciones del nuevo gobierno de buscar un mejoramiento en las relaciones, por el hecho de haber sido embajadora en Caracas y por su conocida visión pragmática y profesional.

Hay un elemento significativo que no ha sido mencionado en todo este rifirrafe diplomático. Y es que muy pocas personas en el país tenían un conocimiento total de los detalles de la presencia de los guerrilleros colombianos en territorio venezolano. Uno de ellos era el presidente Uribe. Pero el otro era Juan Manuel Santos, quien como ministro de Defensa fue el mayor responsable de las labores de inteligencia que produjeron esas pruebas. No deja de llamar la atención que con exactamente la misma información los dos llegaran a estrategias diametralmente opuestas.

Al final, como siempre, los optimistas y los pesimistas se dividieron sobre la evaluación del último round de la era Uribe-Chávez. Los primeros consideran que a Colombia le convenía que Uribe, sin nada que perder en sus días de despedida, le cantara la tabla a un gobierno cínico que lo había irrespetado y favorecido a las Farc. Los segundos creen que la crisis en la relación binacional se profundizó en forma innecesaria con consecuencias nefastas para el comercio y para la vida cotidiana de la población del área fronteriza.

La ruptura de las relaciones diplomáticas es grave para dos países que tienen tanta interdependencia como Colombia y Venezuela. El anuncio de Chávez fue noticia de abrir de la BBC y de otros medios internacionales, y preocupó a gobiernos tan disímiles como los de Barack Obama en Estados Unidos y Nicolas Sarkozy en Francia. Igual que el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, ambos hicieron llamados para que por medio del diálogo se busque una solución y cesen las tensiones.

En Colombia y en Venezuela el impasse se entiende de otra forma y se considera menos serio. La heterodoxia diplomática es la regla en estas tierras tropicales en las que las relaciones se rompen, suspenden y congelan con la misma facilidad con que se restauran. En el balance, las medidas más drásticas que ha tomado Chávez -retiro de embajadores, cierre de frontera, desplazamientos militares- no han durado mucho. Solo el bloqueo al comercio se ha prolongado y ha tenido un costo de más de 4.000 millones de dólares. En la crisis actual existe la posibilidad de que Chávez quiera dejar en claro que su pelea era con la Colombia de Uribe y que está dispuesto a un entendimiento con la Colombia de Santos. Esa ventana quedó abierta en su discurso al lado de Maradona, en el que anunció la ruptura de relaciones pero dejó ver que su bronca no es con el nuevo mandatario.

La gran pregunta es si el cambio de gobierno, el 7 de agosto, basta por sí solo para normalizar la situación. Las opiniones están divididas sobre dos puntos. El primero, si vale la pena ensayar un cambio de política para enfrentar a un vecino agresivo y hostil con el que hay tantas diferencias de fondo. Y el segundo, si el balance de los hechos de la semana pasada obstaculiza o por el contrario facilita las posibilidades del nuevo gobierno para mejorar las relaciones con Venezuela.

En cuanto a qué hacer con Chávez, la línea de confrontación que ha seguido Uribe exalta la dignidad del país, pero es mejor recibida por la opinión pública nacional que por la comunidad internacional, y, a juzgar por los resultados -obstáculos al comercio, ruptura de relaciones, conflicto permanente-, esta estrategia no arroja hasta ahora un buen balance costo-beneficio. En el otro extremo está la actitud pragmática de Estados Unidos de no confrontar en público a Chávez ni contestar sus agravios, pero asegurarse de que no se vaya a suspender la importación de petróleo. Un sector no insignificante del mundo empresarial colombiano no considera absurdo apostarle a esa carta.

El enfoque intermedio al que aparentemente le quiere apostar Juan Manuel Santos consiste en profesionalizar el manejo de los asuntos bilaterales y crear instrumentos de diálogo directo, prudente y constructivo. Algo así como lo que lograron España y Francia para que este último dejara a un lado una actitud tolerante hacia la presencia de miembros de ETA en su territorio, y se decidiera por una cooperación entre los organismos de seguridad de ambos países que de hecho permitió la captura y extradición de varios miembros de esa cúpula terrorista. Este esquema ofrece un modelo interesante para Colombia y Venezuela, aunque hay que tener en cuenta que fue posible gracias a circunstancias que no existen en este lado del Atlántico: Francia y España tenían gobiernos afines de centro izquierda y su agenda bilateral no tenía las complejidades de la colombo-venezolana.

Sin embargo, con la teoría de que no hay mal que por bien no venga, se puede especular que el hecho de que las relaciones entre ambos países hayan tocado fondo puede tener algunas ventajas. La circunstancia de que aparentemente la situación no puede empeorarse abre una esperanza en que, con una agenda realista, el nuevo gobierno pueda tener más campo de maniobra para una solución constructiva.

Esa es la esperanza que les queda al presidente electo Juan Manuel Santos y a su próxima canciller, María Ángela Holguín. La tensión de los últimos días podría incrementar las posibilidades del Presidente electo de impulsar una diplomacia más efectiva que permita más temprano que tarde normalizar las relaciones. Sus declaraciones prudentes desde México lo mantuvieron por fuera de la pelea, y eso, a su vez, lo dejó posicionado como el hombre del momento para solucionar ese conflicto. Una paradoja, si se quiere, porque Santos ha sido el mayor antichavista de Colombia y el que más provecho político le sacó a la confrontación con el impopular gobernante del otro lado de la frontera. Sin embargo, estos extremos a veces resultan. Como se ha repetido una y otra vez, las relaciones entre Estados Unidos y China solo se pudieron normalizar cuando Richard Nixon, el mayor anticomunista de su generación, abrió el camino para un establecimiento de las relaciones diplomáticas entre esos dos países después de tres décadas de 'guerra fría' con el gobierno de Mao Zedong.

Lo cierto es que ante un panorama tan oscuro -con bloqueo comercial, ruptura diplomática y tensión internacional-, cualquier avance que haga Santos se va a notar mucho y le va a dar la oportunidad al nuevo Presidente de establecer un contraste favorable en esta materia. Es imposible dar por hecho el éxito de una misión tan compleja, pero es seguro que Santos tiene las ganas, la capacidad y el talento de empezar su gestión con pie derecho, abriendo una nueva etapa en las relaciones entre Colombia y Venezuela.
Cortesia : Semana.com