sábado, 26 de febrero de 2011

LA DIGNIDAD DEL ABOGADO FRENTE A LA ETICA ....

 DERECHO, SOBORNOS Y VIDEO ....      

 Cortesia:Álvaro González Uribe
 

 

Vergonzoso para la ciencia del Derecho lo sucedido con el abogado Ramón Ballesteros de quien vimos un video en el cual ofrece dinero para que un testigo varíe su testimonio. Al margen del caso y de su ominosa motivación (favorecer a unos parapolíticos e incriminar a un magistrado probo), da tristeza que la ciencia de Kelsen termine en un sartal de hechos tan burdos y guaches, por decir lo menos.

El tema no es nuevo y varios abogados han recurrido y recurren a artimañas rastreras. Sin embargo, causa repugnancia el caso de Ballesteros por su trayectoria y la forma como fue descubierto.
¿Para qué los abogados nos desgastamos en profundas lecturas, estudios y debates sobre Filosofía del Derecho, su teoría, la norma, la naturaleza y clases de leyes, y sobre tantos aspectos inherentes a una ciencia tan clave para la sociedad, si todo termina en un maletín con billetes o en un sufragio?

Es una pregunta que muchos abogados nos hemos hecho cuando sabemos de tales casos. En mi caso personal actuaciones similares motivaron en parte mi alejamiento del ejercicio del Derecho, aunque jamás me arrepiento de haberlo estudiado, pues ha sido un pilar básico en las diversas ocupaciones de mi vida, incluyendo la de columnista y aprendiz de escritor.

En mis años mozos de “jurisconsulto” teníamos a varios abogados como semidioses, algunos de los cuales eran nuestros profesores y autores de textos. Por ello la desilusión que nos produjo verlos caer poco a poco en esas triquiñuelas opuestas a lo que nos habían enseñado. Se derrumbaban nuestros ídolos y con ello el ejercicio de una de las profesiones más hermosas; hermosa cuando se ciñe a sus principios y artes, y no penetra en las tinieblas de las componendas, trucos bajo la mesa, arreglos antiéticos y delictuales y, en general, en el todo-vale.
Si bastante teníamos con el clásico dilema de tener que defender o no a ciertos sindicados bárbaros que inmenso daño hacían a la sociedad y seguramente lo seguirían haciendo, sí que era complicado cuando el Derecho se reemplazaba por prácticas viles de abogados disfrazados y hasta amparados con esa toga que tanto nos enorgullecía.

Para muchos no fue fácil comprender que absolutamente todas las personas, sea cual fuere el delito y su daño, tenían y tienen el derecho a una defensa. Luego, cuando los poderosos narcotraficantes y los sicarios empedernidos -esas máquinas de matar- subieron a los estrados judiciales, algunos empezamos a hablar de las “defensas indefensables”: de ciertos monstruos que ni siquiera merecían ese derecho, así fuera contra el derecho natural y universal a la defensa. Fuimos calificados de antiéticos y de malos abogados, hasta con razón, pero pensábamos que primero estaba y está la permanencia de la sociedad.

Muchos de los abogados ilustres que empezaron a defender lo que se atravesara terminaron enredados o asesinados con fama y todo. Ciertos delincuentes, en especial los mafiosos, sólo usan al abogado para que los saque de líos a como dé lugar, utilizando lo que sea, incluyendo el asesinato, el soborno y la amenaza. Abogado, códigos, soborno y armas son lo mismo para ellos; combinan las formas de defensa...

Esos prontos abogados tarde que temprano terminaron en el juego de sus siniestros amos. Otros se dedicaron al lobby ante el Congreso y las altas cortes para influir en leyes que favorecieran a sus clientes, y también terminaron mal, como varios casos conocidos en Antioquia -y sé que en otros departamentos igual- donde profesores y abogados venerables y admirados cambiaron el Derecho que nos enseñaron por tácticas rápidas e ilegales.

Pese a ello hay que seguir creyendo en el Derecho con todos sus errores, y en las instituciones y en la Ley como única forma de convivir (nunca de Convivir). Ni este caso del ex ilustre Ballesteros, ni otros peores, ni las graves fallas del sistema judicial, ni el absurdo sistema penitenciario que tenemos nos pueden hacer cambiar de idea.

Si no basta con argüir la moral y los principios, la razón es clara: especialmente en Colombia está más que demostrado que cuando se intenta hacer justicia por fuera de las leyes el resultado es cien veces peor.