sábado, 2 de abril de 2011

INDEPENDENCIA Y LIBERTAD - LA JUSTICIA MAL ENTENDIDA COMO: "LA CENICIENTA CON UNA FELICIDAD QUE LE ESQUIVA"

 "INDEPENDENCIA Y LIBERTAD" esperamos constantementemente en un Estado de Derecho como el que se plantea como ideal en nuestra Constitucion, sin embargo el articulo siguiente nos da un enfoque real de LA JUSTICIA MAL ENTENDIDA  y mal comprendida, en una sociedad que trata de superar los escollos permanentes como un cuento de hadas, y en la que la cenicienta es el mejor ejemplo para reseñar lo que acontece a estancias de las injusticias:


 

¿DA PAPAYA LA CENICIENTA?
Cortesia: Henrik López Sterup - Profesor de la Universidad de los Andes.


En el cuento, que tiene varias versiones, pero todas terminan igual, la Cenicienta termina felizmente casada y todas las injusticias contra ella reparadas (por usar un lenguaje de moda). Felicidad que llega en un momento oportuno, pues la Cenicienta no logra la restauración de sus derechos y la realización de sus sueños en una edad madura, sino cuando goza de lozanía y sigue bella. En fin, es un “cuento de hadas”. Para la otra Cenicienta, la justicia, la felicidad le es esquiva y la reparación de las injusticias se pospone eternamente. Esa es la realidad colombiana1.

En los últimos días el país ha presenciado toda suerte de declaraciones relacionadas con el funcionamiento de la justicia en el país. Sea por las labores de investigación, acusación y juzgamiento de delitos, por congestión judicial o por amenazas a los jueces. Declaraciones que vienen de tiempo atrás, cuando, por ejemplo, se cuestionan las decisiones judiciales sobre libertad provisional, los fallos administrativos en contra o a favor del Estado, sentencias costosas, sentencias ingeniosas, sentencias inauditas, tratos injustificados por los denunciantes, etc.

Pero en este escenario, donde todo parece fallar, cabe preguntarse ¿qué hacer? ¿Debemos inyectarle recursos al sistema? Esta podría ser una salida: más jueces, más fiscales, más agentes del CTI y, mientras no cambien las cosas, menos agentes del DAS. Podríamos construir nuevos juzgados, convertir los existentes en algo mínimamente decente, reducir el consumo de papel y pasar todo a la oralidad y a la virtualidad. Pero ¿servirá?

No creo que se pueda dudar de las necesidades financieras reales de la administración de justicia, pero el país no se ha esforzado por indagar a partir de los síntomas. Tenemos una idea común, que se repite sin cesar en las esferas de decisión: la justicia falla. Pero ¿por qué falla? ¿Por qué hay congestión? ¿Por qué hay impunidad?

Según las estadísticas judiciales disponibles2, se advierte que ciertos tipos de proceso parecen congestionar a la justicia: los procesos laborales ordinarios, los procesos penales, los procesos de nulidad y restablecimiento del derecho en materia laboral, las reparaciones directas y las tutelas. ¿Qué tienen en común este tipo de procesos?

A diferencia de otros procesos, estos concentran los casos en los cuales con mayor evidencia se advierten relaciones asimétricas. Es decir, situaciones en las cuales una persona se enfrenta a la arbitrariedad y violencia de otra, debido a su condición de debilidad. El trabajador es débil frente al patrono, el funcionario frente al jefe, el ciudadano frente al Estado y los ciudadanos frente a los delincuentes.

A partir de esta caracterización es posible inferir que las dificultades de la justicia en buena medida se relacionan con la manera en que la sociedad colombiana resuelve sus problemas. Podría decirse que existen serios indicios de que la existencia de relaciones asimétricas es entendida como oportunidad para desconocer de manera flagrante los derechos del otro, del débil. Inclusive, de negarlo como persona. En palabras coloquiales, el que de papaya, está llevado.

Estas relaciones asimétricas se reproducen dentro de la sociedad moderna y, salvo en los casos de la utopía y el cuento de hadas, no se superan plenamente. Frente a esta realidad, el derecho contemporáneo, el modelo del Estado social o de la democracia constitucional, demanda que tales asimetrías no se traduzcan en oportunidades de opresión. Sólo de esta manera tiene sentido el andamiaje que de estos modelos se desprende.
Pues bien, ¿de qué sirve semejante modelo si la sociedad considera la asimetría como papaya? En otros términos, ¿para qué desgastar a una comunidad con la complejidad normativa derivada del modelo del Estado social, si en últimas lo único que importa es quién es más fuerte, quién aprovecha la asimetría para imponer sus intereses? ¿Por qué, entonces, no abandonar el modelo y asumir que quien es más fuerte puede imponer su ley?

Así, el problema de la relación de subordinación sería si el patrono, por ejemplo, estaría dispuesto a desconocer los acuerdos particulares, sabiendo que su vida y sus propios derechos no tienen más valor que aquél que su subordinado reconoce. Los débiles, a la manera hobbesiana, se colocarían en pie de igualdad y podrían eliminar la causa (o el causante) de la opresión. En lugar de esperar que el Estado garantice acceso a la salud, se fuerza al médico y a la enfermera a que atienda, so pena de que su vida o aquellas de sus allegados se vean en peligro. Nos liberaríamos de tener que pagar impuestos o, al menos, muchos de ellos. Descargaríamos al Estado (o lo que resulte) de la necesidad de tener entidades de investigación y de acusación y jueces. También desaparecería la necesidad de proteger a los jueces (que, por lo pronto es sólo teórica). Cada uno de nosotros podríamos disfrutar del uso de armas, cuyo comercio sería libre (por necesidad) y en lugar de acudir a la policía (que también desaparecería) para resolver los problemas ciudadanos, simplemente le pegamos un tiro al vecino (cosa que ya ocurre). Desaparecerían las congestiones vehiculares, pues podríamos destruir los vehículos de quienes nos agreden o no nos dejan movilizarnos por donde deseemos y como deseemos.

Sería posible lograr que los medios de comunicación dejasen de ser sensacionalistas, pues el afectado simplemente estaría legitimado para prender fuego a la casa editorial. Los sacerdotes de todas religiones podrían (al igual que hoy, pero sin consecuencias sociales mayores) exponer a los pecadores y someterlos al oprobio y la respuesta podría ser igualmente violenta.

Las personas que han robado podrían disfrutar de sus riquezas con total impunidad (cosa que no nos es extraña hoy en día), con el único temor de que otro, con más fuerza física o tecnológica tome sus bienes y su vida, con total impunidad.

Muchos podrán decir que esto es una total tontería, pues al fin y al cabo en el país existen instituciones que funcionan, que protegen, que aseguran los derechos de los ciudadanos, que condenan al responsable y que auxilian al necesitado. Que la asimetría no siempre es dar papaya y que es preferible luchar porque estas instituciones se fortalezcan y que lograr que la justicia sea igual para todos, que la diferencia no sea factor de discriminación, que el pobre valga igual que el rico, que el poderoso lo sea temporalmente y que los riesgos sociales sean repartidos de manera equitativa.

Creo que muchos compartimos ese sueño. Lo que nos distancia es si creemos o no en que la asimetría no es un papayazo. 

Cuando comprendamos y asumamos que esta ecuación no es válida, podremos ver una reducción en la congestión judicial y una realización plena del Estado social. Cuando ante la controversia la confrontación y el abuso no sean solución, sino el reconocimiento del otro y la valoración de sus necesidades, podremos ver que la otra cenicienta encuentra todas las injusticias reparadas. Reparación que no significa ausencia de conflictos, sino una reducción significativa.

El punto de partida debe ser el más sencillo de todos: valorar la vida ajena. En su sencillez, dicha valoración recoge la inmensa complejidad del fenómeno de lo social. Diálogo en lugar de violencia, respeto por un principio de justicia y por el aplicador de justicia, asunción del riesgo de perder, garantía de que perder no signifique exclusión.

Quizás esto último sea lo más complejo, pues la cultura del papayazo es reacción al temor, no infundado, de que perder un poco es perderlo todo. Ante esta realidad, las palabras de Santander adquieren un carácter utópico. Las armas os han dado la independencia, las leyes la libertad, suena a una quimera. Quizás la quimera sea creer que en este país se comprende la diferencia entre independencia y libertad. Los jueces si lo hacen y, por ello han de pagar.

Edición N° 00249 – Semana del 1 al 7 de Abril de 2011
1 Sus opiniones no reflejan o comprometen aquellas de la Universidad de los Andes, sus directivas, empleados, profesores o estudiantes.
2 www.ramajudicial.gov.co/csj/index.jsp?cargaHome=3&id_categoria=374&id_subcategoria=946